miércoles, 19 de septiembre de 2012

La Cruz del Rey de la Gloria (según Marcos 15:20-41)




Introducción


Fiesta de la Exaltación
 El 14 de septiembre celebra la Iglesia Ortodoxa la exaltación de la Santa Cruz. Como todos sabemos esta celebración conmemora la milagrosa manifestación de las reliquias de la cruz que fueron encontradas por los reyes Constantino y Helena. Es por ello que he considerado importante reflexionar en un día como este el significado del mensaje de la cruz, un significado tan fundamental para nuestra fe cristiana. Para ello nada mejor que leer uno de los relatos evangélicos sobre la crucifixión. Para esta celebración los fieles escuchan en la iglesia el evangelio de San Juan 19 (vv. 6-11, 13-20, 25-28, 30) y los sermones se inspiran en este texto. Por lo tanto aquí les presento un texto alternativo para examinar lo que el mismo dice y para que ustedes vean la similitud del mensaje que contienen ambos relatos con términos un poco diferentes y con una redacción diferente. Por ello vamos a analizar en este artículo MARCOS 15:21-41:

20Cuando acabaron de burlarse de él, le quitaron la púrpura y le pusieron sus propios vestidos. Luego lo sacan para crucificarlo. 21Y a un hombre que pasaba por allí, que volvía del campo, Simón de Cirene, el padre de Alejandro y de Rufo, lo obligan a llevarle la cruz. 22Lo conducen, pues, al lugar llamado Gólgota, que quiere decir "Lugar de la calavera". 23Le daban vino mezclado con mirra, pero él no lo aceptó. 24Luego lo crucifican y se reparten sus vestidos, echando suertes sobre ellos, a ver qué le tocaba a cada uno. 25Era la hora tercera cuando lo crucificaron. 26Y encima estaba escrita la causa de su condena: EL REY DE LOS JUDÍOS. 27También crucifican con él a dos ladrones: uno a su derecha y otro a su izquierda. 29Y los que pasaban por allí lo insultaban, moviendo la cabeza y diciendo: "¡Eh! Tú que destruyes el templo y lo reconstruyes en tres días: 30sálvate a ti mismo bajando de la cruz". 31Igualmente, también los pontífices se burlaban de él, juntamente con los escribas, diciéndose unos a otros: "Ha salvado a otros, y no puede salvarse a sí mismo: 32¡el Cristo, el rey de Israel; que baje ahora mismo de la cruz, para que veamos y creamos!". También los que estaban crucificados con él lo insultaban. 33Llegada la hora sexta, quedó en tinieblas toda aquella tierra hasta la hora nona. 34Y a la hora nona clamó Jesús con voz potente: "Eloí, Eloí, lemá sabactaní". Lo cual quiere decir: "¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has desamparado?". 35Y algunos de los que por allí estaban decían al oírlo: "Mira, está llamando a Elías". 36Corrió entonces uno a empapar una esponja en vinagre, y poniéndola en la punta de una caña, le daba de beber, diciendo: "¡Dejadlo! Vamos a ver si viene Elías a bajarlo". 37Entonces Jesús, lanzando un potente grito, expiró. 38Y el velo del templo se rasgó en dos de arriba abajo. 39Al ver el centurión, que estaba allí frente a Jesús, de qué manera había expirado, dijo: "Realmente, este hombre era Hijo de Dios". 40Había además unas mujeres que miraban desde lejos, entre las cuales estaban también María Magdalena, María, la madre de Santiago el Menor y de José, y Salomé, 41las cuales, cuando él estaba en Galilea, lo seguían y le servían, y otras muchas que habían subido con él a Jerusalén.

Interpretación

En los primeros versículos, vv. 20-24, relata Marcos algunos detalles importantes del camino de la cruz hacia el exterior de la ciudad. Existe ya una gran teología a cerca del sacrificio que se realiza fuera de los muros de la ciudad como sacrificio de expiación (cf. Lev 24:14; Nm 15:35-36; Hb 13:13) y el versículo 24 conecta el relato con la teología del Salterio. El personaje de Simeón de Cirene carga con un importante mensaje a los lectores del evangelio.  Por un lado el pueblo blasfeman en contra de Cristo, como si Él no les hubiese enseñado en el Templo. Se olvidaron quien es este Nazareno  que los instruyó en la caridad y la misericordia divinas y que les curó a sus enfermos. Los seres humanos se manifiestan aquí con su mayor dureza de corazón. El párrafo se divide en dos partes principales: En la primera parte se describe el camino hacia el Gólgota y la elevación de Jesús en la cruz (vv. 21-24) mientras que la segunda parte relata los sufrimientos de Jesús en la cruz (vv. 25-41).
El camino al Gólgota comienza con el cambio de envestiduras de Jesús. Se desprende del color púrpura propio de los reyes y vuelve a vestir su túnica diaria como la que visten el común de la gente. Después de que Jesús se manifestó por un momento como el Rey esperado que sufre el maltrato de la humanidad enfrenta ahora con toda obediencia el sufrimiento de la crucifixión.

Simón de Cirene

En la comunidad marquina hubo un testigo importante y famoso que se llamaba Simón de Cirene. Él fue quien vio a Jesús en su camino al Gólgota y los soldados romanos lo obligaron a cargar el madero transversal de la cruz. Además, leemos en el texto el nombre de sus dos hijos, Alejandro y Rufo, que indican respectivamente un nombre de proveniencia griega y romana mientras que Simeón es un nombre de origen arameo.  Algunos ven el Rufo el mismo personaje que menciona san Pablo en Rom 16:13. En los otros Evangelios no aparecen estos dos nombres junto a Simón, por lo tanto se deduce que los dos hijos eran conocidos de la comunidad del evangelio de Marcos y quizás eran sus contemporáneos. Simón hace realidad el llamado que proclamó Jesús en 8:34 e insta a que soportemos el peso de nuestro prójimo y a que crezca en nosotros el espíritu de sacrificio por nuestros hermanos. El término Gólgota es una palabra aramea que quiere decir “cráneo” y probablemente el lugar se llamaba así porque mirándolo de lejos tenia este aspecto (una roca saliente en la montaña con forma de cráneo) y porque en ella se ejecutaban las crucifixiones. “Le daban vino mezclado con mirra” (v.23): generalmente lo ofrecían como un anestésico para aliviar los dolores pero Jesús lo rechaza porque quiere enfrentar su destino con toda claridad de mente y porque no duda en ningún momento que se encuentra en manos de su Padre Celestial. En el versículo 24 san Marcos prefiere ser breve una vez más y no describe la crucifixión, sólo dice “luego lo crucifican”. No le preocupa describir en detalles el momento sino que se interesa en interpretar su significado y en afirmar que todo se realizó según la voluntad de Dios. Era costumbre que las vestiduras del condenado sean entregadas a los soldados.  Esta vez decidieron echarlas en suerte, tal como lo dice el Sal 22:19 y afirman así que Jesús es aquél Justo Sufriente del que hablaron los profetas en el Antiguo Testamento.

Las horas en la cruz

Con la expresión “Era la hora tercera” comienza la cuenta de horas.  Jesús fue crucificado en la tercera hora de la guardia romana, o sea a las nueve de la mañana, y murió en la novena hora de guardia, o sea a las tres de la tarde (ver v. 33). Por lo tanto, Jesús sufrió la crucifixión durante seis horas y en la séptima hora reposó y regresó al Padre. No hay duda que estos números tienen relación directa con la historia de la creación y con todos aquellos textos bíblicos en los que número seis implica la imperfección y la debilidad mientras que el siete significa la perfección y la presencia divina (ver Gn 2:1-3; Ex 20:9-10; Ap 1:4; 4:8; 5:1; 13:18).
En el versículo 26 leemos que los soldados cumplen con el procedimiento y escriben la causa de la crucifixión sobre la cruz para que el público la sepa. Esta causa es ser “Rey de los Judíos”, la misma acusación que se utilizó en contra de Jesús frente a Pilatos (ver 15:2.12). Sin embargo, para el creyente este título es una proclamación de fe y quiere decir que Jesús es el Mesías esperado, el nuevo David, el Salvador. Es por ello que el título de “Rey de la Gloria” (Basileus tes doxes) que leemos en las cruces ortodoxas profundiza en esta confesión de fe cristiana y ve en el misterio de la cruz, en el mayor momento de prueba del Nazareno, la manifestación mas clara de la gloria del Hijo de Dios que realiza plenamente la voluntad del Padre.
La gente que pasaba frente a la cruz, e inclusive los mismos crucificados con él, le insultaban o se burlaban (v. 29-32). Esta escena demuestra la incomprensión de lo que realmente está sucediendo con el Nazareno. Según Salmos 22:8 y Lam 2:15-16, Jesús es el Cristo Rey verdadero. Los dichos de los insultos indican conocimiento de los diálogos que se dieron en el juicio frente al Sanedrín por lo que estos testigos ven en la cruz el fracaso completo de la vida del Nazareno. Aún cuando Jesús haya podido lograr el respeto de la gente cuando enseñó en el Templo, el final de su vida confirma para ellos su incapacidad de sacar al pueblo judío de su sufrimiento. Por lo menos, es así como lo entiende esta gente presente en la cruz. Los mismos dignatarios religiosos judíos no ven en Jesús al Cristo Rey de Israel porque no entienden las Escrituras como fuente de inspiración para interpretar los hechos. Jesús está ahí en la cruz abandonado a su destino. Nadie lo consuela, ni siquiera los que comparten con él el sufrimiento de la cruz. Jesús ha obedecido a su Padre hasta el punto cúlmine de aceptar una muerte como ésta y se entregó por los demás. Ahora solo resta que regrese a su Padre Celestial.
El período entre la hora sexta y la novena (v. 33) se extiende entre el mediodía y las tres de la tarde. El momento en el que el sol brilla con mayor fuerza, cuenta el relato, se oscureció la tierra y de esta manera expresa que la creación hace duelo por lo que está sucediendo el Gólgota. Jesús se refirió a este acontecimiento en Mc 13:24 y los profetas dijeron que una cosa semejante sucedería al final de los tiempos (ver, por ej., Am 8: 9). La muerte y resurrección de Cristo están en relación directa con el día de su gloriosa Segunda Venida, son una primicia del día de la Resurrección para que los hombres crean y se salven.

Los dichos en la cruz

Después de esto Jesús expresa sus sentimientos recitando un salmo. Ya lo escuchamos recitar el salmo 42 en Mc 14:34 y ahora escoge el salmo 22:1 y dice, en arameo: “Eloí, Eloí, lemá sabactaní” y Marcos traduce para sus lectores “Lo cual quiere decir: ¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has desamparado?”. Con este grito Jesús expresa su total confianza en Dios en el momento más delicado de su vida, en el momento en que la mayoría pensó que hasta Dios lo había abandonado. Jesús eleva con fe la oración del Justo Sufriente que se expresa en el salmo 22 y que concluye afirmando que Dios hará las obras de salvación con sus fieles: “Recordarán y volverán hacia el Señor todos los confines de la tierra: ante él se postrarán las familias todas de las gentes” (Sal 22:28). Sin embargo, los incrédulos presentes se burlan de su mensaje y consideran que ante la muerte inminente Jesús pide la ayuda de san Elías. Evidentemente estos oyentes no conocen el Salterio ni lo que este salmo en sí significa.
Jesús lanza “un potente grito” (v. 37). Esta voz potente, como dice el griego (phonen megalen) es la voz del Señor tal como aparece en muchos lugares del Antiguo Testamento. Esta expresión afirma la presencia de Dios en sus momentos de revelación y de intervención en la historia (ver Dt 5:22; 1Sam 7:10; Ap 1:10; 12:10). Por otra parte se rasga el velo del Templo. Esto indica que Dios abandonó el Santo de los Santos del Templo y que por lo tanto éste ya no tiene ningún valor de culto para el Pueblo de Dios (cf. Mc 13:2; 14:58; 15:29; Ex 40:3.21). El sacrificio verdadero se ha realizado de una vez y para siempre en la Cruz y la eucaristía conmemorará este sacrificio cada vez que se celebre.

La fe del centurión

San Longino el Centurión
El versículo 39 es la conclusión triunfante del relato. El centurión, un pagano que supervisaba la ejecución, al ver lo sucedido y la manera en que Jesús entregaba su espíritu, expresa su confesión de fe. Esta confesión de fe por parte de un pagano, corona todo el relato de la pasión. Mientras los sumos sacerdotes exigían de Jesús señales específicas para que pruebe su identidad (ver 15:32), este hombre de la gentilidad supo interpretar los hechos como verdaderos signos de Dios y exclama: “Realmente, este hombre era Hijo de Dios”.  El título Hijo de Dios toma aquí todo su significado teológico tal como lo entiende la fe cristiana (cf. Mc 1:10-11; 9:7; 14:36) y de esta manera se hace realidad la esperanza mesiánica del Pueblo de Dios que anunciaron los profetas (ver Is 53:10-12; 9:1-6; 2:1-5; 2Sam 7:12-16). En Mc 8:29 fue Pedro quien confesó que Jesús era el Mesías Esperado y fue también lo que dijeron, sin saberlo, los sumos sacerdotes frente al cruz en 15:32: “¡el Cristo, el rey de Israel; que baje ahora mismo de la cruz, para que veamos y creamos!”. Estos títulos toman un significado nuevo después de la experiencia de Cruz. Para san Marcos son las Sagradas Escrituras las que proporcionan los argumentos convincentes para comprender la confesión del centurión.  Su fe ha cumplido con la esperanza del pueblo de Dios de que las naciones adorarán al Único Dios Verdadero. Ahora las mujeres que acompañaron a Jesús en sus viajes de predicación están ahí, al pie de la Cruz esperando que lo bajen para cuidar de su cuerpo y servir así como primer testigos de la resurrección (v. 40-41).

Conclusión

El mensaje de la cruz es un mensaje de vida y gloria. Nos da fuerzas para llevar adelante los sufrimientos de esta vida y nos enseña el profundo valor de la fe cristiana. La fiesta de la exaltación de la Santa Cruz nos propone contemplar este misterio en un período del año distante ya de la Pascua para que volvamos a tener presente el valor espiritual de la Santa Cruz.

Abreviaciones griegas que quieren decir: Jesucristo vence


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